Muchos demeritan al cine documental por ser aburrido, largo, tedioso e incluso, según Rubén Redondo, escaso de lenguaje cinematográfico. Yo creo todo lo contrario. Lo que está bien hecho, está bien hecho. Lo que no, pues no. Pero no por pertenecer a un género se puede opacar toda una obra. Aunque aquéllos que concuerdan que el documental no es lo mejor del mundo y, sin embargo, que Araya logre captar su atención, creo que se pueden encontrar en un error. Si un documental logra su objetivo a través de la buena realización, es bueno: les guste o no les guste.

Este largometraje retrata la vida de la gente de Araya y todo está narrado. Es una vida pobre, ruda y pesada. Empieza dando un poco de contexto del lugar: cuándo lo descubrieron, qué construyeron, quién estuvo ahí, etc.; mientras que en las imágenes muestra el territorio sin personas; únicamente cielo, montañas, rocas, arena y océano. “No crece nada en la tierra, toda la vida viene del mar”. Esa es el sustento de toda la película.

Después del breve escenario explicado, la narración continúa, pero ahora sí hablando de la vida de los arayeros. Comienza en la mañana aclarando que los trabajadores habían empezado a laborar desde la madrugada, y el relato de un día de ellos termina precisamente en la madrugada, dejándonos en claro qué sigue después y así sucesivamente: día tras día.

Como dice la frase que citamos, nada crece de la tierra y todo viene del mar. La principal producción de Araya es la sal proveniente de los mares. Casi todos trabajan en ese sector: hombres y mujeres, niños, jóvenes y adultos. Desde las primeras horas del día, mucho antes de que salga el sol, la gente ya está metida en el agua preparando la sal que en unas horas trabajará. Sale el sol. Hay que sacar la sal, ponerla en canastas y llevarla a donde se junta toda. Se forman grandes pirámides blancas. Hormiguitas suben y bajan, depositando su grano de arena. Por cada canasta les dan apenas unos centavos. Necesitan cargar muchos bultos para apenas ganar lo suficiente para sobrevivir. Las mujeres llenan costales con la sal que les juntan. Tiene que pesar un mínimo. Tiene que ser casi exacto. Se llevan los costales de sal en camiones. La gente de Araya nunca vuelve a ver aquello que trabajo.

Mientras tanto, al otro lado de la playa, los pescadores igualmente desde muy temprano tiran las redes para atrapar todo objeto debajo del mar. Salen muchos pescados. Y es el alimento de cada día. Un camión de agua recorre las calles para repartir el líquido. A cada familia le toca una proporción exacta.

Hay un buen juego en la vida real y que, en el documental lo captan muy bien. Debido a la zona no existen las flores. Por lo tanto, en los cementerios ponen corales y conchas a los muertos. Tomas lejanas y tomas cercanas muestran la diferencia con un cementerio cotidiano o de ciudad. Mientras el convencional se ve todo disparejo debido a la variedad de flores, los de Araya transmiten paz, igualdad, armonía.

Me gustó que fuera en blanco y negro. Podía ser a color por la época; sin embargo, la directora y el fotógrafo decidieron que sentaba mejor en escala de grises. Totalmente de acuerdo. Una vida monótona, donde día a día te espera lo mismo, donde nada extraordinario pasa, donde los temas de conversación son reducidos y donde la gente trabaja para otros, no podría ser contada a color. Por el contrario, la vida de ellos es gris por dentro y por fuera.

La reflexión última queda cuando llegan las máquinas. ¿Acaso reemplazarán a la mano obrera por tubos y metales? Parece bastante obvio, y la respuesta es muy clara. Cuesta mucho pagarle a los hombres y las mujeres que trabajan ahí. En cambio, la maquinaria es inversión de una sola vez y dura mucho tiempo. Y además, no necesita sueldo. Al mostrar estas imágenes uno se queda pensando que de por sí la vida de ellos era mala, lo que les espera es peor. Lo increíble de este documental es que, aunque todo está narrado en voz en off, las imágenes van de la mano de la crónica y aparte, se explican solas. La voz complementa a la fotografía; mientras que, la fotografía complementa a la voz.

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