Un solo movimiento de cámara logra que está película sobresalga no sólo fotográficamente, sino simbólicamente. Hablar de la foto en esta cinta es como hablar de la comida en México. Simplemente extraordinario.

La película está compuesta por cuadros estáticos. Y éstos no pueden ser mejores. Pareciera que el cuadro que estamos viendo es lo mejor que hemos visto a lo largo de nuestra vida, pero el siguiente encuadre es igual o mejor, y el siguiente lo mismo. La mayoría de las tomas tienen puntos de fuga marcados a más no poder. La composición en cada uno forma siempre armonía entre la foto. Y los actores están siempre bien cuidados: no se salen del límite y tampoco hay mucho espacio arriba o abajo.

La película retrata con humor negro, personajes y situaciones de la vida diaria. Están pasando por una crisis que es reflejada no sólo por la realidad de cada uno, sino también por un repentino tráfico en la ciudad que ocasiona lentitud, estrés y cansancio en la ciudad. De hecho, es una burla a la ciudad y la gente que vive en ella y de ella.

Un lugar para vivir ahí no es ideal. Lo único que provoca es la monotonía de la gente, la infelicidad que se ocasiona y el desequilibrio mental (unos acaban locos, otros queman su negocio, etc.).

Después de varios minutos de observar puros cuadros fijos, que a su vez establece el ánimo y la psicología de los personajes, de repente, la cámara se empieza a mover hacia atrás. Es un movimiento de cámara lento pero largo. Después de un rato se para y vuelve a quedar fijo por el resto de la película. Esto desconcierta e incomoda. A mí, por ejemplo, me dieron ansias. No sabía cómo reaccionar. Incluso sentí que el suelo se estaba moviendo. Es toda una magia la que te descontextualiza, representando la inestabilidad emocional, económica, política y social que cargan todos los personajes de esta historia. Es un momento único que logra Andersson: te clava poco a poco en sus sublimes y bien cuidadas imágenes, y después sacude toda la alfombra.

Por otro lado, y complementario a lo anterior, lo colores juegan un papel muy importante. Éstos son pálidos y marrones. Las paredes, las caras, el vestuario, la iluminación, el cuadro completo maneja pigmentos y tonos, desgastados y tristes. La situación que presenta el director es para llorar, la miserable vida de las personas; sin embargo, se burla de ellos.

Una de las reflexiones que este largometraje pone sobre la mesa es, “todo tiene su momento”. Cada uno de los eventos son apresurados o con una reacción activa. Pero lo que tratan de decir es que, todo debe fluir como debe de fluir, sin apresurar nada. Al hacer las cosas de una manera incorrecta, todo puede salir mal. Que te despidan del trabajo, que no te paguen el seguro, que tu hijo se vuelva loco, que las ideas de nuevos negocios no salgan como se esperaba, que los trucos de magia salgan mal y muchas otras cosas. Planear está bien y pensar también, pero dejar todo al final o a la opinión del otro, ahí es cuando todo se puede caer.

Anuncios