Una película que habla sobre la guerra. Una más. Se dice que en las obras narrativas ya se ha dicho todo. Todo sobre la vida, la muerte, el amor, la amistad, etc. Este mismo párrafo introductorio lo puede encontrar en otra reseña de este mismo blog titulado “Cuando pasan las cigüeñas, de Mijaíl Kalatózov (1957)”, ya que el tema de ambas películas es la guerra. Pero contrariamos la teoría de que ya se ha dicho todo, pues en ambas hay una completa y distinta perspectiva acerca de los conflictos bélicos. Comparémoslas, cada cual en su respectivo espacio, pero lea las dos.

Esta película habla de la desesperanza debido a la guerra. Narra la historia de un niño que quiere ir a luchar porque es su deber como ciudadano. Se lo llevan, se pierde, encuentra a una mujer, caminan juntos, regresa y su familia ya está muerta, sigue andando y tiene que robar, llega a una aldea y los soldados alemanes la destruyen, el sobrevive, se encuentra con los del principio y se encaminan a seguir luchando.

Hay dos símbolos claves en esta película, el avión que pasa constantemente por el cielo y los cerdos que aparecen casi hasta el final (y el hecho de quien se lleva esos animales). Toda la película está entrelazada, tanto el tema, como los símbolos, y la fotografía y el sonido.

Tema: la muerte, la desesperanza. Símbolo para fortalecer el concepto: los aviones volando con el contexto de la guerra; éstos representan la destrucción y la muerte, pues es una forma de ataque injusto –lo justo sería cara a cara, pistola a pistola, o en su caso avión a avión–. Fotografía: es estruendosa, con varios cortes y sucia (no mal fotografiada evidentemente, pero hay una cierta estética de colores opacos, iluminación baja y monótona, de una cámara movida y que sigue al personaje en su trayecto, etc.) lo que da una sensación de intranquilidad y desesperación ante la circunstancia. Sonido: eleva todos aquellos ruidos que no queremos escuchar, como los pasos en la tierra, la lluvia, el lodo que se está tragando al personaje principal, los balazos, los cañonazos; es decir, intensifica todo sonido que remite al odio y al mal.

Y, por último, los cerdos. Al final, los militares alemanes encierran a toda la gente en una casa grande y la queman. Un acto terrible. Apunto de irse, suben unos cerdos a sus coches. Símbolo directo de que ellos son unos marranos por hacer ese tipo de cosas; que no lo hicieron solamente una vez, sino más de 600 veces.

Todos hubieran deseado que la guerra nunca hubiera empezado. O al menos, así lo dice el final de la película. El niño encuentra la fotografía de Hitler tirada en un charco, toma su rifle y le empieza a disparar. Toda la historia se empieza a contar en cámara rápida y de revés; por cada balazo que diera, sucedía un acontecimiento. Los edificios caídos se reconstruyen, la toma de Hitler al poder se discursa de atrás para adelante, la campaña del dictador empieza por el final y termina por el principio, y así sucesivamente hasta que llegamos a una fotografía del mismo personaje cuando era bebé y su madre lo sostiene. En ese instante, el protagonista detiene los disparos y decide no jalar el gatillo: sería inútil matar al dictador, pues él no fue la única razón de la guerra, sino el odio y la poca tolerancia de muchos otros. Después, todos se encaminan a seguir luchando por la liberad, una conclusión que declama un poco de esperanza. Un final triste a pesar de ser un final feliz.

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