Tomas abiertas del campo con una gruesa capa blanca. Viento y soledad. Montañitas de nieve. No hay nadie ahí. De repente sale una cabecita negra. Luego otra. Luego se multiplican. Al final son demasiados puntos oscuros que salieron de la nada. Así empieza la película de Shepitko.

Nos explica la habilidad que adquiere uno para no ser asesinado durante la guerra. Aunque traigas un color contrastante con el entorno, uno aprende a camuflarse. El hombre hace la situación (la guerra); pero después, la situación hace el hombre.

Sin embargo, en esta reseña me voy a centrar en otro tema que toca la película, y que me pareció muy importante. La cinta se lleva a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. Dos hombres se apartan de su grupo para ir por más armas y balas y comida. El problema es que tienen que estar huyendo y escondiéndose de los alemanes. Llegan a la casa de una señora, pero ahí ya habían llegado los nazis. Así que terminan por descubrirlos y los llevan a interrogarlos.

El tema que la directora pone constantemente sobre la mesa es el de la traición. Traición cuando los policías los encuentran y les empiezan a disparar; uno ya no puede moverse y el otro lo deja (luego regresa por él, pero al principio tenía intenciones de dejarlo y salvarse solito). Traición cuando llegan a la casa y hacen que los cachen a ellos y a la señora. Esto no fue intencionadamente, e incluso les dicen que la señora no sabía de nada y que no fue su culpa, pero no logran salvarla.

Y, sobre todo, ponen muy en alto la traición cuando los interrogan. Ahí es cuando vemos si los personajes están dispuestos a dar su vida por su país. A uno lo torturan, le queman el pecho, lo golpean: no dice nada. No traicionó ni a su gente ni a su patria. Al otro no lo llegan a agredir tanto, pero le ofrecen una salida: que se vuelva soldado de ellos y quedaría “libre” (de morir, nada más). Al final, él acepta. Y termina siendo él quien cuelga de una soga a su compañero.

Todos aquellos intentos fallidos de traición (porque al final de cada suceso no era realmente algo verdadero o intencional), acaban siendo rotos por lo último. Un bielorruso adjuntándose al ejército alemán. La gente del pueblo lo mira con desprecio (y he de decir que captar esas miradas, tanto en dirección de actores como en fotografía, tiene un gran mérito.) Incluso, una señora le grita “Judas” al protagonista. (Si recordamos, Judas fue quien llevó a los guardias romanos hasta donde estaba Jesús: un acto de traición.)

Al final, es tanta la agonía y el arrepentimiento, que él trata de suicidarse. Pero no puede. Ahora vivirá con ello para siempre. Esta película nos habla de pensar dos veces las cosas. Y nunca, pero nunca, traicionar a nadie, ni a tu gente ni a tu país.

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