Su duración es exacta. Ni un segundo más, ni un segundo menos. Es una comedia, es una tragedia, parece ser surreal al principio, tiene cine mudo, meta cine y muchas otras cosas.

El cine empezó siendo mudo y está película empieza siendo muda. Comienza con esclavos negros en un campo recolectando café, uno de ellos roba un poco y el guardia lo cacha. Su castigo: le cortan las manos por robar; así no volverá a hacerlo. La siguiente toma es la de un pianista tocando su instrumento; esto nos muestra la importancia de las manos para el hombre, ya que con ellas hacemos todo, sea bueno o malo.

Anderson nos cuenta una historia en unos minutos, en blanco y negro. Luego nos muestra la misma historia, contada en unas horas, con un intermedio, a color, con sonido y diálogos hablados, con varios personajes y demás. Es el hecho de que hay historias que se repiten, pero el chiste está en la manera de contarlas (narrativamente y, en este caso, cinematográficamente.)

El grupo de música, que es presentando en la segunda secuencia del largometraje, se mantiene a lo largo de toda la cinta. Estos tocan música y cantan cuando termina un tema expuesto por la película, y es como una especie de resumen de lo que se habló anteriormente. A la mitad del filme, los músicos se intersecan con el protagonista. Que manera tan increíble de unir las dos partes más distantes de la cinta.

La película expone las vueltas que da la vida. Un día estás hasta arriba y al siguiente puedes estar en la cárcel. Sin embargo, nunca hay que perder la fe, la esperanza y la humanidad.

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